Jhonathan: en cinco años por sus mesas pasaron miles de personas. Volvieron, lo recomendaron, celebraron cumpleaños ahí. Y de todas ellas no queda un solo nombre anotado en ninguna parte.
Antes de escribir una línea de esta propuesta hicimos el recorrido que hace un cliente suyo: los buscamos en Google, entramos al enlace de su Instagram, abrimos el menú, los buscamos en Rappi y en DiDi. Ese recorrido se rompe cuatro veces. Y debajo de cada cosa rota está el mismo problema: cada sede funciona como un negocio aparte, así que el cliente es de la sede, no de la marca. El día que la sede cierra, el cliente se va con ella.
Nada de esto se arregla vendiendo más: ya venden. Se arregla poniendo las tres sedes bajo una sola marca, con una casa propia donde llegue todo eso — y con una lista de clientes que sea suya, para que nunca más se pierda una clientela porque se perdió un local.
Su plataforma se arma por partes. Nosotros les decimos cubos: cada uno resuelve una cosa del negocio. Usted prende los que necesita y apaga los que no, y se paga lo mismo.
Del antojo a la puerta: cada estado dispara el siguiente y queda registrado, con su hora y con qué sede lo despachó.
Los precios y los platos se cambian una vez y quedan bien en todas partes. Se acabó el menú que vive en un Drive y que nadie sabe cuál es el bueno.
Los pedidos entran ordenados y cada uno avanza por sus estados. Ningún mensaje se queda sin leer, que hoy es una venta que se pierde.
Nombre, teléfono, dirección y todo lo que ha pedido. Es la lista que hoy no existe, y es lo único que hace que una clientela no se pierda cuando se pierde un local.
Cuánto vendió cada punto, qué producto se mueve y a qué hora. En vivo y sin cuadrar nada a mano al cierre.
Turnos, personal por sede y quién despachó qué. Cuando una sede se atrasa, se ve el mismo día y no a fin de mes.
Un domicilio no dura meses: dura cuarenta minutos. Y en esos cuarenta minutos caben todas las formas de perderlo —el mensaje que nadie alcanzó a leer, la dirección que se entendió mal, el cliente que preguntó tres veces si ya casi y colgó—. Cada paso dispara el siguiente y queda guardado: nadie tiene que avisar, anotar ni acordarse.
La ficha de cada pedido no es un chat que se pierde hacia arriba: desde ella salen los avisos al cliente, la orden a la sede, la dirección al domiciliario y el registro de la venta, sin que nadie los escriba.
Hay bots por todas partes y casi todos hacen lo mismo: mandan un menú y se despiden. Ese no sirve de nada. El suyo trabaja al revés: contesta al instante —si están abiertos, si llegan a ese barrio, cuánto vale, cuánto se demora—, toma el pedido y, cuando termina, se queda con el cliente.
La mecánica es sencilla y es la que le propusimos: al que acaba de pedir, el bot le escribe que desde hoy es amigo fiel de la casa. Le pide sus datos y le da un 20 % en su próxima compra. El cliente entrega su nombre y su teléfono con gusto, porque a cambio recibe algo.
Y esa lista se la entregamos a usted. No se la contamos: se la entregamos, con nombre y teléfono, para que vea el bot funcionando de verdad.
Por qué esto importa más de lo que parece: el día que un local cierre, se acabe un contrato o se caiga una cuenta de Instagram, esa lista sigue siendo suya. A esa clientela se le escribe y se le manda a Molinos, a Girón o a Piedecuesta. Nunca más se pierde un público porque se perdió un punto.
Montaje en Meta, verificación del negocio, plantillas, guion y pruebas: todo va incluido en el paquete, sin cobro aparte y sin activación.
La diferencia entre esto y una agencia de redes cabe en una frase: una agencia le mide los «me gusta»; nosotros le medimos cuánta gente entró a su lista. Acá el contenido no es el servicio: es el combustible. Y el camino es siempre el mismo.
Por eso el contenido y el bot no se cotizan por aparte: son la misma máquina. Producir piezas sin bot es publicar al vacío, y un bot sin piezas es un teléfono que nadie marca.
El producto manda, porque lo que vende comida es el antojo. Pero fíjese en el tercer tema: dónde quedan. Cuando un punto deja de estar, hay gente que asume que el negocio entero se acabó. Ese tema pesa un quinto del mes hasta que en su zona nadie tenga la menor duda de que ustedes siguen ahí.
Esto es una parrilla: el calendario de lo que se publica, con su día, su hora y en qué red va. Le llega dos veces al mes y nada se produce hasta que usted la apruebe. Las horas no son al azar: se publica cuando la gente tiene hambre.
Una semana del paquete. Al mes son ocho videos y treinta piezas gráficas, más las historias de todos los días. Y esas mismas piezas son las que salen a pauta: no se produce contenido aparte para la publicidad.
El mes puesto en su cuadrícula. Cada color es uno de los temas de arriba, y así se ve de un vistazo que el perfil habla de lo que tiene que hablar y no de lo que se le ocurra a alguien esa mañana. Las palabras son las de su carta y las de sus sedes, no ejemplos inventados.
Las historias no salen acá: duran 24 horas y no ocupan casilla en el perfil, aunque se publiquen todos los días.
Lo primero se ve en la primera semana. Arreglar sus fichas y sus horarios no espera a que nada esté listo: se hace de entrada, y los resultados salen en Google a los pocos días. Pero lo de fondo —la lista de clientes— no se construye en treinta días: el primer mes apenas empieza a llenarse, y es en el tercero cuando ya hay a quién escribirle. Cortar antes es botar el trabajo del primer mes.
Nosotros planeamos, diseñamos y administramos esa pauta; lo único que va por fuera del paquete es la plata que se le entrega a Meta.
No le cobramos ni la instalación ni la programación. La plataforma es nuestra, no se la compramos a nadie: la hicimos nosotros y la personalizamos para su negocio. Y las piezas que producimos cada mes son las mismas que salen a pauta: el contenido trabaja dos veces y no se cobra dos veces.
No sabemos cuántos domicilios hace usted al día, y no vamos a inventarlo. Le damos la cuenta al revés: cuántos bastan.
Las comisiones son las que publican las propias plataformas —entre 25 % y 30 %— y el 9,5 % del servicio que pone únicamente el repartidor. Los precios son los de su carta.
No es la lista de lo que hacemos nosotros. Es la de lo que usted tendría que contratar para tener esto mismo por su cuenta, a precios de mercado.
La propuesta vale por 30 días · El valor mensual no cambia durante los 3 meses del plan · Los cubos se prenden y se apagan cuando usted quiera · La información de su negocio y la de sus clientes es suya, no la ve nadie más.